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OPINIÓN
EL DESTINO DE LOS DICTADORES
En el número 2360 de Jeune Afrique, aparece el artículo AprésTaylor, Qui? De François Soudan, que hemos traducido para los lectores de la Verdad e insertamos a continuación; poco antes y poco después, hemos vivido a lo largo y ancho del mundo diferentes episodios que tiene que ver con la exigencia de responsabilidades a los dictadores por sus violaciones a los Derechos Humanos: ejecución de Sadam Hussein, procesamientos de Pinochet, y su celebrada muerte, la reciente detención de María Estela Martínez de Perón; y como dice el artículo, allí tenemos a Hissen Habré y otros africanos: más les valdría a los dictadores dejar el poder en reconciliación sus pueblos, y devolverles la soberanía y las riquezas que les secuestraron y robaron. El otro camino, el de mantenerse a cualquier precio no lleva a nada: cuando veas las barbas del vecino cortar, pon las tuyas a remojar
¿DESPUÉS DE TAYLOR, QUIÉN?
Viernes, 19 de marzo 2006: fecha histórica en la lucha contra la impunidad, por la justicia en África y simplemente por la justicia internacional. Este mismo día el gobierno de Liberia reclama, por fin, formalmente la extradición del “señor de la guerra” y ex presidente de Liberia Charles TAYLOR, mientras que en Kinshasa el jefe de la milicia del Ituri, Thomas Lubanga es embarcado discretamente en un avión militar francés con destino a La Haya, donde el Tribunal Penal Internacional le espera para juzgarle. Taylor es el primer antiguo Jefe de Estado del continente que va a comparecer ante un tribunal mundial, mientras que Lubanga es simplemente el primer cliente del TPI: tiempo oscuro para los “señores de la guerra” africanos.
Este doble precedente ¿inspirará a los presidentes de los Estados miembros de la Unión Africana, llamados a decidir en la cumbre de Banjul, del comienzo de julio, sobre el destino reservado al ex dictador tchadiano Hissein Habré, o prevalecerá el reflejo de la autoprotección? Cuando se ve las presiones internacionales que han sido necesarias ejercer sobre el nigeriano Obasandjo para que decidiera, agotados todos los argumentos, a librar a su protegido, se mide mejor el camino que queda por recorrer. Muy poco deseosos, aunque sólo sea por la preocupación de su propio futuro, de echar así en pasto a uno de los suyos, los jefes de Estados africanos han establecido una doble línea de defensa ante los artesanos de una justicia supranacional. La primera es que un africano no tendría que ser juzgado más que en África, y la segunda es que los Cortes Penales Internacionales (CPI), Tribunal Penal Internacionales (TPI) y otras jurisdicciones, detrás de los cuales ven aparecer la larga mano de las Organizaciones No Gubernamentales ONGs, no deben en ningún caso sustituir a las justicias locales. La existencia de Tribunales Internacionales en Freetown (Sierra Leona) y en Arusha (Tanzania), pues en tierra africana, demuestra que el primer argumento, aunque admisible, no cabe.
En cuanto al segundo, puesto por el presidente en ejercicio de la Unión africana, el congolés Denis Sassou Nguesso, merece la pena que nos paremos a analizarlo.
Entre los ex jefes de Estado derrocados o apartados del poder a través de las urnas, una media docena han sido, en efecto, juzgados en sus países, con frecuente en rebeldía, por los “crímenes” cometidos durante el ejercicio de su poder. El congolés Pascal Lissouba, el malgache Didier Ratsiraka, el centroafricano Ange-Félix Patassé y el zambiano Fredrick Chiluba son referencias de este caso.
En Nouakchott, no se excluye que el futuro poder resultante de las urnas en 2007 abre el expediente a Maaouiya Ould Taya, y, à Pretoria, es un ex vicepresidente, Jacob Zuma, al que juzgan. Queda que esta justicia puramente africana plantee evidentes problemas de credibilidad. Es una justicia aplicada por los vencedores sobre los vencidos; es una justicia política, unilateral y flirtea alegremente con el ajuste de cuentas. Sobre todo, está lejos de ser homogénea Así, en Tchad, Idriss Déby Itno jamás ha querido abrir un proceso a su predecesor Hissein Habré. En cuanto al caso etíope, se roza la caricatura. Abierto hace doce años en Addis-Abeba, el procedimiento judicial contra los cómplices del antiguo Negus rojo Mengistu Haïlé Miriam es perdida en los entresijos de la temible burocracia local – y los motivos entrelazados de una evidente mala voluntad política –. El principal implicado pasa días tranquilos en Harare, donde su amigo Robert Mugabe.
Argucias de buena o mala fe en combates de la retaguardia, la lucha contra la impunidad tiene, pues todavía mucho camino que recorrer. Pero los casos Taylor y Lubanga prueban que inexorablemente el cerco se estrecha. En efecto, como medida de precaución, algunos jefes de Estados del continente han creído oportuno suscribirse a un seguro de vida, consistente en una protección jurídica a toda prueba, escrita con letras de oro en sus Constituciones, que les garantiza la inmunidad tras sus funciones y una especie de amnistía preventiva.
Este seguro de hormigón armado es, sin embargo, de una fiabilidad muy relativa puesto que no les previene de los ataques más que en sus propios países y se enfrentan al recelo atávico de los jefes de Estado en frente de sus adversarios – cualesquiera que sean las garantías ofrecidas por ésos últimos-. ¿La Constitución? Han tenido que arreglarla ellos mismos tantas veces que están persuadidos de que – salvo si se trata de sus propios hijos - sus sucesores no dudarán a su vez de modificar para volverla contra ellos mismos. Además, ninguna disposición protege sus familias y su entorno de eventuales perseguidores.
Salvo haber estado virtuoso durante el ejercicio del poder y en consecuencia a aceptar sin aprehensión la sanción democrática, son todavía bastantes Jefes de estado en el continente africano que no piensan dejar sus palacios más que los pies por delante. Salvo que sean derrocados. En este último caso, la jurisprudencia Taylor demuestra que todas las huidas tienen un fin por poco que a la presión de las víctimas se suma la de la Comunidad Internacional. ¿Habré y Mengistu serán los próximos de la lista? Ya veremos dentro de tres meses, a la salida de la cumbre de Banjul, si la lección ha calado.
Hasta el 17 de marzo 2006, un dictador africano no tenía que temer más que el juicio de Dios y el de la historia. Desde 17 de marzo 2006, hay que afrontar el juicio de la humanidad. ¿Quién se quejará de ello?
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DESAPARECE EL VERDUGO DE CHILE
Augusto Pinochet Ugarte, criminal asesino del presidente Salvador Allende, murió víctima de un infarto a los 91 años en el hospital militar de Santiago de Chile.
La década de los setenta y ochenta significó para los habitantes de la mayor parte de los países latinoamericanos un auténtico tormento por las dictaduras que asolaban el continente. La tristemente famosa “Operación Cóndor” urdida por los tiranos de Chile, Argentina, Uruguay y Paraguay, o sea, los países del cono sur, sirvió de pretexto para que los espadones de estos países montaran una de las carnicerías mayores que registra el continente sudamericano so pretexto de impedir la penetración del comunismo en el continente. A partir del 11 de septiembre de 1973, día del golpe de Estado, la larga noche de la dictadura pinochetista se instaló durante 17 interminables años y los chilenos conocieron lo que hasta entonces desconocían, hasta que llegó el 11 de diciembre de 1989 con la elección de Patricio Aylwin y la consiguiente vuelta a la democracia.
El general Pinochet, dirigió con mano de hierro la nación andina, y como todos los militares cobardes, traicionó al presidente Allende que lo había nombrado jefe del Ejército. Fue un militar astuto y taimado que supo engañar a sus superiores hasta llegar a la cima de las fuerzas armadas chilenas, y logró mantenerse durante mucho tiempo al frente de aquéllas, sin contestación alguna, durante 25 años.
Sin embargo, cada cerdo tiene su San Martín, el declive de Pinochet comenzó con la derrota en el plebiscito de 1988 cuando, contra todos los pronósticos, el pueblo chileno le dio la espalda e impidió a través de un referéndum la posibilidad de que pudiera ser reelegido.
Por otra parte, el militar que siempre se había jactado de honesto y de no sentir ninguna pasión por el dinero, resultó ser al final un chorizo como la mayor parte de sus congéneres ocultando una fortuna cercana a los 30 millones de dólares en el extranjero, y concretamente en el Banco Riggs. ¿Les recuerda algo a los lectores ese banco?
Asimismo, y sin ánimos de ser crueles con quienes pierden la vida, la muerte de Pinochet es un alivio para la ciudadanía chilena que se verá libre del fantasma del espadón que segó la vida de miles de sus compatriotas. Lo triste es que se haya muerto en la cama y rodeado del afecto de los suyos sin que pagara por los numerosos crímenes contra la humanidad que perpetró contra el pueblo chileno.
Sin embargo, y a diferencia de otros dictadores latinoamericanos de la década de los setenta, como el argentino Jorge Rafael Videla o el paraguayo Alfredo Stroessner, Pinochet tenía numerosos seguidores, y no debe caer en saco roto que llegó al poder con un importante respaldo popular. Es decir, Pinochet no fue únicamente el reflejo de sus propias patologías, sino el resultado de los males de la sociedad de su época.
Pinochet no recibió honras fúnebres de Jefe de Estado, faltaría más, sino las de un ex jefe militar y tal como sucediera durante sus 17 años de tiranía, así como los años en los que se refugió en la jefatura del ejército y en el escaño de senador vitalicio, Pinochet a su muerte ha seguido despertando violentas divisiones entre los chilenos: unos le lloraban, otros celebraban con champán su fallecimiento.
En nuestro continente hay muchos Pinochets que campan por sus respetos después de haber masacrado a sus conciudadanos y
viven cómodamente en Senegal, Hissen Habré; Zimbabawe, Mengistu Haile Marian y otros. La memoria de las víctimas de esos dictadores depuestos debe servirnos a los africanos de recordatorio sobre lo que no debería volver a ocurrir. Hay todavía demasiados tiranos vivos, y en el poder, en África. ♣
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